?El que ama guardará mi Palabra? y vendremos a é y haremos morada en él?. Todo tiene su origen en el amor de Dios. Como nos dice San Juan: ?el amor procede de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios, y conoce a Dios. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados? (1 Jn 4,7.10). Acoger este don de Dios nos hace a nosotros capaces de amar. Pero toda la iniciativa es de Dios. ?Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros? (Rm 5,8). Nos hace capaces de amar y ese amor se traduce en obras de caridad.
Así la inhabitación de la Trinidad no es consecuencia de nuestra lucha o de méritos por nuestra parte, sino del amor que nos tiene Dios y la invitación a entrar en su vida misma. Como no se calienta el agua en un recipiente por méritos propios, sino que el fuego transmite el calor y hacer hervir el agua. ?No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva? (Benedicto XVI, Enc. ?Deus Caritas est?, 1).
Punto de partida es el designio divino con respecto a los hombres. Es Dios quien se manifiesta, se descubre, se revela, quien busca a los hombres para infundir en ellos su misma vida. Punto de partida de la fe cristiana es, por tanto, la aceptación, la recepción llena de fe (obediencia de la fe) de aquello que Dios ha dado: sólo después, una vez recibido y aceptado libremente el don de Dios, surge la necesidad de una respuesta por parte de la criatura. La religión cristiana es, pues, una irrupción de Dios en la vida del hombre: olvidar este hecho supondría reducir la vida del cristiano a una especie de humanismo religioso – a la búsqueda puramente racional de un Dios lejano, para que se nos muestre propicio – o, en el plano de las relaciones con los demás hombres, a un mero sociologismo o a un moralismo antropológico (cf. beato Álvaro del Portillo, ?Escritos sobre el sacerdocio?, p 97 y 98 –
El Señor nos dice que todo empieza por amarle. Lo que deseamos hacer de todo corazón, pero si es un deseo verdadero, irá aparejado el empeño por guardar su palabra, por vivir conforme a sus enseñanzas. Y entonces el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo harán morada en nosotros. Como para no terminar de asombrarnos ¡La Trinidad que inhabita en nuestra alma! Los ángeles se pasman de que todo un Dios habite en la criatura. Y quizás tantas veces no somos conscientes.
¡Metidos en la intimidad de las Trinidad, aunque no seamos muy conscientes de ello! ¡Vivimos también ahora en la casa de Dios! ¡La familia entera de los hijos de Dios! Se esconde aquí el misterio de la comunión. San Juan Pablo II nos recordaba en la Carta Apostólica Novo Milenio que el espíritu de comunión en la Iglesia ?significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado?.
Que María, Madre del Amor Hermoso, nos introduzca cada día más en esta aventura de sabernos amados y responde a es amor.